Estamos en la época de la “maldad”, hija de la ignorancia y del egoísmo. Aquella lluvia (la crisis) trajo estos lodos (la falta de valores), cuando tendría que haber sido todo lo contrario. Sobrevino una crisis para alertarnos de nuestro exceso de materialismo, del egoísmo del liberalismo capitalista, del placer por el placer y de la obsesión por el estado del bienestar;
en lugar de ocuparnos de la bondad del ser. Y es que hablar de amor, de caridad, de bondad y
de servicio parece ser una cursilería o un despropósito, fruto de la debilidad. En la vida no todo vale, ni todo lo que vale es lo correcto. Es prioritario identificar nuestros valores y vivir acorde con ellos, pues serán nuestra referencia y el patrón mediante el cual se medirán nuestras acciones. Sólo por el amor nos liberaremos del yugo del dolor, seremos capaces de sanar, de trascender los mundanales apegos y liberarnos de las temibles cadenas que los instintos colocan en nuestro camino de evolución.

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Más amor y menos odio. Más humildad, más capacidad para comprender al prójimo, más flexibilidad para saber adaptarnos a las circunstancias y a los cambios, y, sobre todo, más entusiasmo y fe para saber valorar lo que somos y lo que podemos aportar a los demás. Si queremos conectar con el verdadero amor y nuestro deseo es cambiar el mundo para mejor, tenemos que empezar por nosotros mismos: por enfrentarnos a nuestra sombra y por trascender nuestras limitaciones. Lo lograremos desde el autoconocimiento, la aceptación y la autoestima. Una autoestima que potenciaremos mediante el reconocimiento de los demás; a través del servicio, del desapego y de la ausencia de juicio. Hemos de aprender a ser “asertivos”, a decir lo que realmente pensamos, sin emitir juicios de valor, sin acusaciones ni descalficaciones, porque no haynada bueno ni malo;

todo depende de lo que proyectemos en ello. Si logramos cambiar una debilidad y transformarla en fortaleza, habremos aprovechado la oportunidad y contribuiremos a construir un mundo mejor. Cuando crezco yo, crece la humanidad. El amor es hijo de una fortaleza, nunca de una debilidad; puesto que amar es confiar, aceptar, respetar, comprender, renunciar y entregar. El egoísmo y la maldad son hijos del sentimentalismo, de la carencia, de las expectativas no cumplidas, de los deseos insatisfechos y de los objetivos no alcanzados. Ergo, de la debilidad y del temor. Abre tu corazón a la fe. Confía en que no estamos solos, en que cada uno de nosotros tiene un propósito, un don que compartir. Todos somos uno; sin dejar de ser nosotros mismos, sin dejar de sentir y compartir desde nuestra individualidad, pero a la vez, vibrando desde la unidad, que no es más que la expresión de la totalidad.
Lo que sentimos y pensamos es lo que atraeremos a nuestra realidad. Si queremos ser unos buenos arquitectos de nuestra vida, entonces deberemos alinear nuestros pensamientos, sentimientos y nuestra voluntad (acciones) desde la coherencia y la unicidad. Las dudas, los miedos, las indecisiones o la ignorancia sobre lo que deseamos o queremos dificultarán el logro de nuestros objetivos. Lo esencial será siempre el amor. Recuerda: abandona la lucha, evita el odio y el resentimiento. Permite que el amor guíe tus pasos. Tu vida lo agradecerá y tu destino cambiará.
¡Ten fe!

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