Vivimos una época en la que somos bombardeados con todo tipo de estímulos y estamos constantemente proyectándonos a nosotros mismos. Es fundamental darnos cuenta en dónde estamos poniendo nuestra atención, ya que allí será donde ponemos nuestra energía, y ésta se traduce en una determinada experiencia o realidad.

Existen diferentes tipos de observación y, aunque las palabras pueden ser parecidas, significan cosas muy diferentes; por ejemplo, no es lo mismo “ver” que “observar”. Estamos acostumbrados a ver las cosas de fuera (lo que está fuera del cuerpo) como algo separado a nosotros y, en ocasiones, lo ponemos en juicio, lo comparamos, competimos, lo medimos con complejos y traumas, lo filtramos con nuestras fobias, hipocondrías, sofismas de distracción, etc.

Y no es que esto esté bien o mal, pero es una manera de tenernos dormidos que el sistema, la sociedad o Matrix ha utilizado, manteniéndonos en un estado de catalepsia por cientos de años.

Cuando empezamos a auto-observarnos estamos dando los primeros pasos para salir de la modalidad “juicio” y pasar a la modalidad de “observación”. Y este primer paso, aunque muy simple, tiene unas repercusiones muy importantes en lo que será el resto de nuestra vida, aunque ahora y aquí no podamos darnos cuenta. Es el inicio a un cambio que nos permitirá no sólo ver lo que hay fuera sin juicio ni crítica, sino que nos permitirá aceptar sin dolor la enseñanza que nos da la vida: sin horror, aun en las condiciones más adversas y más terribles, nos daremos cuenta de que algo que está mas allá de nuestra mente mantiene la calma ante el temporal.
La visión es algo importante para ver lo que hay fuera; la observación es vital para la expansión conciencial, interior. Cuando ambas se combinan desde una neutralidad, sin tomar parte o juicio, lenta pero inexorablemente se va desarrollando en nosotros el sentido de la contemplación, que es algo que está dentro de los planos del inconsciente o alma, y se
pone al servicio de la conciencia en su despertar.
Cuando entramos en esta modalidad de experimentar la vida, nos damos cuenta que nuestra vida no depende de la casualidad y de que cada acto o pensamiento, de alguna manera, repercute en los demás. Tomamos conciencia de esa
conexión que nos une a todo.

En ese espacio no hay lugar para el miedo ni la manipulación.

Nos convertimos en seres
libres, viviendo por afinidad cerca de libres pensadores.

Cuando estamos en el proceso de observarnos y contemplar lo que nos aporta la vida, ya no somos individuos numerados de un sistema, somos seres que manifestamos nuestra individualidad, aun formando parte de un todo. Hablando culinariamente, es como cuando te comes una ensalada en la que hay diferentes vegetales y te topas con una aceituna… tiene un sabor y una textura que la hace inconfundible y, aunque sigas comiendo ensalada y haya una mezcla de sabores, cuando te vuelves a topar con otra aceituna, tiene un sabor inconfundible otra vez. Eso es lo que trae consigo el proceso de la observación: ser únicos e irrepetibles en medio de algo que también somos nosotros.

Ahora bien, si elegimos vivir una vida en el desconocimiento, movidos por situaciones ególatras, con unos complejos que nunca hemos afrontado, con traumas que no hemos observado, críticas a todo lo que no seamos nosotros y, en ocasiones, nuestro clan… será una vida como muchas vidas y una repetición de eventos y situaciones, que es como comer la misma menestra cada día.

Aun los viajes más largos empezaron con un primer paso; lo mismo ocurre con el viaje del héroe/heroína cuando empieza a estar en un estado de alerta y atención, receptor de la novedad que viene de adentro, y ver a la Luz y a la Oscuridad como Maestros de nuestro despertar.

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