Esto no hace desaparecer la preocupación de la futura madre por su estado de salud y apariencia física, por lo que ya es muy poco habitual ver aquellos embarazos de antaño en los que la embarazada aumentaba cerca de treinta kilos de peso o en los que se pasaba los nueve meses de estado sin realizar ningún tipo de esfuerzo o actividad física.

A día de hoy, la realización de un plan de acondicionamiento físico está recomendado por cualquier especialista médico, siempre y cuando no haya contraindicaciones (denominadas relativas o absolutas) que nos obliguen a modificar o directamente retirar la actividad. Igualmente, hay una serie de puntos diferenciadores respecto a una persona no embarazada que deben tenerse en cuenta.

• Antes de nada, habrá días en los que la madre pasará mala noche, tenga problemas de circulación o malestar que hagan que tenga que descansar. Es una etapa, son nueve meses en los que el objetivo principal es otro y no pasa nada por saltarse un entrenamiento.

• Es recomendable realizar sesiones de entrenamiento con cargas (pesas) dos-tres veces por semana, en días alternos. Es bueno escoger ejercicios en situaciones estables y que sean de ejecución segura, para poder realizar series de doce a quince repeticiones.

• Conviene moderar los ejercicios de cardio. El número de pulsaciones consideradas como umbral de seguridad variará dependiendo de diversos factores, sobre todo la edad y el nivel de actividad física previa de la embarazada, pero la referencia más general y popular ha sido la de 140 pulsaciones por minutos.

• Se pueden realizar estiramientos, pero cuidado con los rangos de movimiento ya que la hormona elastina (activada durante el embarazo) puede jugar una mala pasada.

• Una vez pasado el parto, deben dejarse varios días de reposo absoluto (entre otras cosas, hasta finalizar el sangrado) y dentro de las seis primeras semanas, la actividad física debería
limitarse a paseos y movilidad.

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