Miguel Castro. ¿Elsa, qué es la inteligencia emocional?

Elsa Punset. El cerebro tiene tres partes. Una instintiva, otra emocional y, por encima de estas  dos, se encuentra la parte racional. Cuando hablamos de inteligencia emocional hablamos de una capacidad importantísima en la vida de las personas de hacer coherente el instinto, la emoción y el pensamiento. Es decir: que todo tu cerebro funcione a la vez y que tú entiendas lo que está pasando dentro de ti. Y esto es algo que se va a incorporar al sistema educativo, los niños van a saber que tienen emociones, van a aprender a ponerles nombres, van a aprender a gestionarlas. Y esto va a generar humanos mucho más felices y con mayor control de sus vidas.

M. Sí, pero según lo cuentas no parece que sea muy fácil llevar- lo a cabo

E. Somos todos iguales y crecemos con personas que continua- mente nos remarcan que somos  distintos. Los hombres de las mujeres; esta cultura a esta otra; los jóvenes de los más mayores…  Siempre nos están categorizando, metiendo en cajitas. Cuando lo que te hace humano, lo que te hace vivir, lo que sientes, es exactamente lo mismo que le pasa al vecino. Y la gente se emociona mucho cuando logra darse cuenta de hasta qué punto somos todos iguales. Es una pena que crezcamos aprendiendo a esconder nuestras emociones y pensando que la expresión de una determinada emoción es la emoción en sí. No, no, no. Tú puedes expresar la tristeza de una manera, como  les pasa a las culturas asiáticas donde tienen tendencia a reprimir las emociones personales y a dar mucha importancia a las socia- les, pero eso no quiere decir que ellos no sientan como personas. Quiere decir que, en este juego en el que estamos, entre seres individuales o sociales, estamos siempre a medio camino, siem- pre luchando, ya que tomamos decisiones: filtramos determinadas emociones y amplificamos otras. Pero, básicamente, la lección del contagio emocional nos enseña hasta qué punto somos similares. Y hasta qué punto sería bonito vivir en entornos que fomentan las emociones más constructivas, más positivas. Y no las más negativas, las que apelan a:
tú has ganado, yo he perdido; tú eres peor que yo. Esos reproches, juicios que son sólo una forma del humano de sentirse más se- guro: “¡Ah, yo soy el que está bien y es el otro el que está mal!” Por desgracia, no es tan sencillo. Se- ría mejor apelar a lo que nos une, no a lo que nos separa.

M. Pero, ¿cómo es posible que ahora se dé tanta importancia a las emociones cuando durante muchos años se ha valorado la contención de las mismas?

E. Estamos hechos de emociones. Debajo de cada comportamiento, de cada pensamiento, hay una emoción. ¿Qué ocurría en el pasado? Que era imposible saber
nada porque las emociones residen en el cerebro (hasta hace muy poco una caja negra que nos impedía conocer lo que ocurría en su interior) y no sabíamos cómo estaban vinculadas al
pensamiento. Desde hace unos años, gracias a los escáneres se ha conseguido medir las emociones y relacionarlas con el pensamiento: empezamos a saber qué son.

M. ¿Cómo se aprende esto? Todos estamos rodeados, en el día a día, de un montón de problemas que nos hacen a menudo ser irascibles, enfadarnos. Ese entorno feliz parece complicado de construir, ¿no?

E. No sé si es un entorno feliz, fíjate. Es un entorno transparente lo que necesitamos los humanos. Esta manía que tenemos de separar entre emociones positivas y negativas creo que ha sido un grave error. Las emociones, básicamente, son todas útiles, todas te ayudan a algo. Hay veces que el germen de la justicia social es enfadarte y tienes que enfadarte. Si tú tienes una pérdida, tienes que poder estar triste. De hecho, creo que se está medicalizando
la tristeza en exceso. Tenemos necesidad de pasar etapas. Y las emociones en ese sentido son fluidas. Nunca estás igual de momento a momento, porque tú necesitas reaccionar de formas distintas a lo que te rodea, con una emoción adecuada. Las emociones no son positivas o negativas. Son útiles o perjudiciales.

¿Qué te puede ayudar a navegar en este mundo de emociones? Comprenderlas, ponerles nombres, saber que lo que sientes ahora es tristeza, no es ira. O saber que está justificada tu ira. O, por ejemplo, sentir asco. ¿Qué es? Es una de las emociones básicas. ¿Por qué existe evolutivamente? Pues porque claramente tienes que poder protegerte de lo que te puede envenenar. Todo es útil. Con lo cual, simplemente es cuestión de comprenderlas. No se trata de andar a ciegas temiendo determinadas emociones, sino realmente ser capaz de decir ésta es adecuada ahora, ésta no lo es. En definitiva: saber gestionarlas.

M. Me gustaría volver sobre algo que has dicho anteriormente, el hecho de que todos somos iguales. Un buen ejemplo podría ser el sentimiento que puede emanar ante un acontecimiento cultural o deportivo que hace que se genere una atmósfera especial.

E. Somos todos iguales y crecemos con personas que continuamente nos remarcan que somos distintos. Los hombres de las mujeres; esta cultura a esta otra; los jóvenes de los más mayores… Siempre nos están categorizando, metiendo en cajitas. Cuando lo que te hace humano, lo que te hace vivir, lo que sientes, es exactamente lo mismo que le pasa al vecino. Y la gente se emociona mucho cuando logra darse cuenta de hasta qué punto somos todos iguales.

Es una pena que crezcamos aprendiendo a esconder nuestras emociones y pensando que la expresión de una determinada emoción es la emoción en sí. No, no, no. Tú puedes expresar la tristeza de una manera, como les pasa a las culturas asiáticas donde tienen tendencia a reprimir las emociones personales y a dar mucha importancia a las sociales, pero eso no quiere decir que ellos no sientan como personas. Quiere decir que, en este juego en el que estamos, entre seres individuales o sociales, estamos siempre a medio camino, siempre luchando, ya que tomamos decisiones: filtramos determinadas emociones y amplificamos otras. Pero, básicamente, la lección del contagio emocional nos enseña hasta qué punto somos similares. Y hasta qué punto sería bonito vivir en entornos que fomentan las emociones más constructivas, más positivas. Y no las más negativas, las que apelan a: tú has ganado, yo he perdido; tú eres peor que yo. Esos reproches, juicios que son sólo una forma del humano de sentirse más seguro: “¡Ah, yo soy el que está bien y es el otro el que está mal!” Por desgracia, no es tan sencillo. Sería mejor apelar a lo que nos une, no a lo que nos separa.

M. Antes has mencionado la dualidad entre lo individual y lo social. ¿Crees que el mayor conflicto dentro de la cultura occidental es esta dualidad? No parece que sea muy acertado el hecho de fomentar en exceso una individualidad que fomenta el consumo y que no enseña a las personas a cómo vivir solas. De alguna manera parece que nos hemos equivocado.

E. No sé si nos hemos equivocado. Yo creo que son lecciones que van aprendiendo las civilizaciones. Son decisiones. En Occidente llega un momento en que se le da una importancia enorme al individuo. Como realmente somos seres tan interconectados vamos a tener que volver a un cierto equilibrio entre el individuo, la emoción individual y lo social. Creo que imposible vivir de espaldas a los demás. Y, probablemente, se promueve con el tipo de cultura en el que crecemos ahora, que ha primado tanto el bienestar físico, que ha creído que con tener un techo sobre nuestras cabezas, con comer todos los días… Es decir: con hacer lo propio de la supervivencia, con eso ya deberíamos estar contentos. Creo que lo que estamos viviendo ahora es que, como somos seres sociales, como somos seres empáticos y como necesitamos el afecto, necesitamos de los demás. Porque la necesidad de afecto, en el ser humano, es la vida en la búsqueda de más vida. Cada vez que se hacen estudios sobre qué hace feliz a la gente se pone de manifiesto que el componente afectivo; el hecho de que tengas una pareja cariñosa; el hecho de que hagas trabajo voluntario para los demás; el que te preocupes de los demás: dispara los niveles de felicidad. Eso es muy interesante porque en realidad te educan pensando que con comprar un coche mejor, o con vivir en una casa mejor ya lo vas a tener resuelto.
”   Tú sabes que los humanos tenemos un mecanismo muy pesado que es que nos comparamos continuamente a lo que nos rodea   “

Y, por desgracia, los círculos a los que nos comparamos son cada vez mayores y nos comparamos a figuras que son prácticamente imposibles de parecerse a ellas y esto crea muchas frustración en las personas. Habría que volver a explicar a la gente, a educar a la gente, en lo que realmente les da felicidad. Creo que estamos educando engañando mucho a las personas.

En lugar de decir a un niño cuando nace: “Tú eres un ser único, vienes con unos talentos únicos, tienes una capacidad increíble de desarrollar esos talentos y compartirlos con los demás. Y para ser feliz necesitas compartir lo que tienes mejor de ti.”, en lugar de esto te educan para parecerte a los demás. Para intentar tener más que los demás. Y eso, al final, a la gente no le sirve. Y nos preguntamos por qué estamos yendo hacia un 20% de enfermedades discapacitantes, muchas de ellas de origen emocional. Son las cifras que da la Organización Mundial de la Salud de aquí a diez años. Eso es enorme. Es enorme. Estamos creando generaciones de personas emocionalmente enfermas porque no les estamos dando un entorno donde poder ser felices. ¡Cambiemos esto, si no es tan difícil! ¿Por qué tenemos clases políticas que no nos ayudan a cambiar los entornos? Que no nos educan de una forma que nos haga más felices. Y estamos llegando a una sociedad con tanta enfermedad mental que no vamos a poder atender estas bolsas de pobreza emocional. Porque van a ser porcentajes altísimos de personas. Y, al final, lo que vamos a tener que hacer es crear formas para prevenir esos estados. De la misma forma que prevenimos la salud física con vacunas. Ahora tenemos protocolos muy buenos que tendremos que aplicar a la salud emocional. Vamos a tener que crear protocolos para que la gente no enferme.

M. Tal vez la solución sea empezar desde el principio y, como dice Ken Robinson, revolucionar el sistema educativo.

E. Robinson hace un estudio muy bueno sobre pensamiento divergente. ¿Qué es pensamiento divergente? Es la capacidad de encontrar muchas respuestas a una pregunta. ¿Qué hacen en las escuelas? Te enseñan que hay una respuesta a una pregunta. Esto es lo contrario a la complejidad de la vida. Esto a la gente le hace sentirse muy bien. Te permite contabilizar si este niño se sabe o no se sabe las preguntas. Y darle un diplomita al final que no le sirve de casi nada, porque los niños ya no están encontrando un trabajo al salir de la escuela. Tremendo lo que está pasando en la escuela: la tasa de fracaso y que luego los jóvenes cuando salen de la escuela no encuentran trabajo. Hay que replantearse el sistema. Y Ken Robinson lo que dice es algo muy claro: la mente humana es extremadamente creativa.

”   El 98% de los niños hasta los cinco o seis años son genios en pensamiento divergente, pueden dar unas doscientas respuestas a la misma pregunta.   “

A medida que pasan los años, los niños bajan la tasa de respuesta y también la creatividad. Y son años que pasan en la escuela. Algo tendrá que ver. ¿Cómo es posible que algo que es tan llamativo en el cerebro humano, que es la capacidad de imaginar, inventar, de soñar, de elucubrar, de crear, no la estemos fomentando? Lo bueno es que hay mucho por hacer y en eso soy muy optimista. Sólo podemos ir a mejor. Podríamos darle un empujoncito librándonos de estructuras muy arcaicas para permitir que la gente desarrolle este potencial de creatividad que tenemos.

M. Eres una comunicadora que hablas de modelos para alcanzar la felicidad en un mundo dominado por medios de comunicación catastrofistas que se empeñan en esparcir un pesimismo que, a menudo, definen como antropológico. ¿Te sientes como una alienígena?

E. No… hay muchísimas personas que viven sobre la parte optimista del cerebro. ¿Qué es lo que pasa? Pues que tenemos un cerebro programado para sobrevivir que tiene tendencia a amplificar todo lo malo, eso es lo que nos llama la atención. Desde los medios de comunicación saben que van a llamar más la atención hablando de algo que asusta a la gente y los pone en guardia, que nos crea una reacción emocional visceral: protegernos y querer sobrevivir. Si por ejemplo vas por el campo, ¿en qué te vas a fijar más: en qué hay una serpiente escondida que te puede picar y matar, o en qué hay unas flores maravillosas que no has visto en tu vida, mágicas, absolutamente bellas? Pues, evidentemente, tu cerebro que quiere que sobrevivas se va a fijar en la serpiente. Y eso mismo pasa en la tele: es jugar con esa tendencia que tiene el humano a querer sobrevivir, a fijarse en lo malo, a llamar la atención de los demás. Son formas de maleducar a la gente. Creo que desde la niñez hay que enseñar a la gente a entrenar su cerebro en positivo, a percibir toda la belleza y la magia que les rodea, y a aprender y disfrutar de ello. Hay un ejercicio que funciona muy bien en terapia que es decirle a las personas que durante quince días busquen diez cosas por la que estar agradecido, cada día, al final del día. Y con esto lo que estás haciendo es entrenar tu cerebro a reconocer lo bueno, porque tu cerebro, por sí solo, se va a lo malo. Si se hace ese ejercicio durante quince días uno se da cuenta de que empieza a mirar el mundo de una forma distinta. No es que no exista el dolor, la tristeza o las guerras, es que también hay mucho de lo otro, hay miles de ejemplos: nuestro cerebro creativo, empático, bondadoso… ejemplos de compasión, de belleza. que es tremendo, que te impide vivir realmente y que te condiciona de una manera penosa.

“Si se educa a la gente a disfrutar de esto, no necesitan refugiarse en lo negativo “

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